Nuestras madres, que nos dan la vida, también nos dan nuestras bacterias. Y es que, como veremos, la identidad entre la vida y las bacterias es más profunda de lo que pensamos. Un aspecto poco mencionado del nacimiento es el equipamiento microbial que ocurre cuando el bebé cruza el canal vaginal de su madre para surgir al mundo. Este paso, generalmente aterrador, pasando del confort perfectamente templado del vientre materno a un mundo desconocido y potencialmente hóstil , tiene una importante función más allá de servir del conducto final de “entrega”. Es ahí donde el nuevo ser humano se llena de miles de millones de microorganismos, bañándose en la fuente de vida bacterial que es la vagina de su madre. Desde este momento dejará de ser un solo individuo –90% de sus células serán microbiales– para convertirse en un a colonia de organismos, en una colectividad ambulante de formas de vida: literalmente se hará parte del mundo y hará al mundo parte de él, en una relación de interpenetración que culminará hasta la muerte.
Antes del nacimiento, el microbioma de la madre había sufrido una serie de cambios orientados a maximizar la energía disponible para el feto y para la misma madre. Durante el embarazo la población bacterial de la vagina se inclina a favor de lactobacilos y bifidobacterias, las llamadas bacterias comensales, la flora “buena” maternal. Al cruzar el canal de nacimiento, el bebé absorbe fluidos y materia fecal que contienen esta rica población de lactobacilos y que formarán su primera línea de defensa ante posibles invasores. Cientos de miles de años de evolución han seleccionado este cóctel vaginal de bacterias para optimizar la vida de un ser humano. El hecho de que sean las pioneras, de que lleguen al lote primero y colonicen el intestino de un bebé impide que otras bacterias –como las que podrían interactuar en un hospital—tomen control de esta “playa virgen” y se construya un sistema inmune deficiente. Las bacterias que se han esparcido por la piel, el tracto urogenital y el intestino del bebé serán determinantes en la maduración de un sistema inmune adaptativo, el cual deberá de distinguir apropiadamente entre organismos y alimentos “amigables” y otros que podrían ser peligrosos. Estas bacterias proveen la estimulación adecuada para el desarrollo de un sistema inmune que debe aprender a reconocer el peligro. De esta colonización se produce la capa de mucosa que funge como bisagra en la pared intestinal y que decide en cierta forma qué no entra y qué si entra a nuestro organismo. El intestino es verdaderamente nuestra frontera con el mundo. Más adelante revisaremos de manera más detalla la relación entre el sistema inmune y el microbioma humano, pero es evidente que es una de interdependencia. Por esto el microbioma es llamado el “órgano olvidado”.
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