Asumimos que el ser humano es un individuo independiente, generalmente aislado del mundo en su mente y en su cuerpo, determinando por sí mismo lo que le sucede. Pero esta tal vez sea una las grandes ilusiones de nuestra época. Douglas Rushkoff, en su análisis de cómo surgió el capitalismo moderno, sugiere que el individuo fue inventado en el renacimiento, ya que anteriormente la voz interna humana se asumía como parte de un colectivo, de una constelación de personas e instituciones. Aunque se puede sostener el argumento de que el individuo es parte de la evolución de la conciencia humana, de un mismo impulso humanista que lo libera de la esfera religiosa y la visión animista de la naturaleza, también es cierto que el individualismo, medido en términos ecológicos, no ha tenido grandes resultados. Es posible que hayamos tenido un mayor desarrollo personal –aunque aquí es difícil saber dónde acaba el ego y donde empieza realmente la percepción objetiva– y nos hayamos convertido en seres más inteligentes y autónomos, pero es evidente que ese proceso no ha sido muy provechoso para el medio ambiente, que a fin de cuentas es el soporte —la matriz– sobre el cual se incrustan los individuos.
“El Renacimiento es conocido por muchas grandes invenciones: la perspectiva en la pintura, la imprenta, los barcos que podían circunnavegar la tierra, la banca moderna y hasta el soneto. Lo que se nos suele olvidar del siglo XV y XVI, sin embargo, es que durante esa época también fue cuando se inventó el individuo”, escribe Douglas Rushkoff. Este mismo proceso de descentralización apoyado en la ciencia –que nos hizo alejarnos de la visión geocéntrica y teocéntrica– creó el humanismo. Pero este humanismo no ha logrado despojarse del todo de una visión atropocéntrica de la realidad: “el hombres es la medida de todas las cosas”, dice la frase de Protágoras. Asumimos que estamos solos en la cima de la pirámide de la existencia, en un trono adánico, y solo importamos nosotros. Ese nosotros incluso puede acotarse a “sólo importan los que son como yo” (mi familia, mi país, mis correligionarios, mis iguales) hasta llegar a “sólo importo yo”, puesto que los otros no son yo.
Esto no sólo es dañino desde un aspecto ecológico, es erróneo en un sentido biológico e incluso psicológico. El hombre no es un individuo biológica ni psicológicamente. Como señalan los budistas, el ego, la creencia en un yo detrás de los pensamientos es la ilusión paradigmática del hombre. La cohesión y la continuidad de esos pensamientos es equivalente al apego de un fantasma por los objetos de su vida pasada.
Si somos estrictos en nuestra definición del ser humano, la realidad es que somos un conglomerado de células, muchas de las cuales no son humanas. La unidad de nuestra mente también es discutible, se puede argumentar fácilmente una pluralidad inmanente. Psicológicamente, Freud nos diría que somos yo, superyo y ello (un eje tripartita) y que gran parte de lo que forma nuestra personalidad es inconsciente. Jung nos diría que en realidad estamos hechos de una serie de arquetipos no-humanos y que debemos de individuarnos (algo que no es lo mismo a ser individualistas). El reciente fervor científico por el estudio del microbioma humano ha hecho que algunos biólogos esbocen la posibilidad de redefinir al ser humano. “Somos híbridos humanos-microbiales”, dice el Dr. Kerry D. Friesen. El Dr. Bruce Birren: “No somos individuos, somos colonias de criaturas”. Justin Sonnenburg, de la Universidad de Stanford, se hace la añeja pregunta: “¿Qué es un ser humano?”. “Cada uno de nosotros”, responde, “es un sofisticado vehículo para el crecimiento y la distribución de una serie de inquilinos microbiales”. Otro investigador sugiere que la salud humana “debe considerarse como una propiedad colectiva de la asociación humana-microbiota”.
Distribuidos en la piel, la boca y principalmente en el intestino, existen cientos de billones de microorganismos en el cuerpo humano; en realidad tenemos 10 veces más células bacterianas que células humanas (aunque sólo sumen entre 1 y 3% de nuestro peso). Mientras que el genoma humano está compuesto por 22 mil genes que codifican proteínas, se cree que el microbioma contribuye a codificar 8 millones de genes (360 veces más genes bacterianos que genes humanos). En el sentido en el que somos portadores de información genética, 99% de ella es microbial. A diferencia de nuestros genes humanos, este “segundo genoma” está en constante movimiento, sensible a cualquier alteración en el ecosistema que conformamos con esta selva simbiótico de billones de microorganismos que somos. Sabemos que este microbioma ha evolucionado simbióticamente con el ser humano, de tal forma que muchas de las características que nos hacen esencialmente “humanos” podrían haber sido resultado de esta coevolución. De manera muy escueta, le debemos a los virus y las bacterias nuestra humanidad.
Lo importante aquí no es enfrascarse en una discusión sofística de si somos individuos o si somos colectivos (si podemos sostener un enunciado ambivalente y paradójico: la verdad probablemente es que somos ambos). Lo importante es que experimentar la pluralidad, la interconexión y la multiplicidad dentro de la unidad es un agente de cambio. Descubrir que la individualidad es sólo un concepto puede acercarnos a experimentar lo que Richard Dolan llama una experiencia “ecodélica”, o una experiencia en la que nuestra relación de interdependencia con la red de vida del planeta se vuelve manifiesta. Esto es importante porque quien experimenta esa interdependencia, esa co-pertenencia, difícilmente actuará en contra de sí mismo. Cuando se extiende el yo al medio ambiente, uno instintivamente protege ese medio ambiente. Es por esto que la pluralidad del ser o el ser distribuido es una forma más práctica y poética de concebir la existencia.
Una de las formas en las que la maternidad eleva la conciencia de una mujer y por lo tanto puede considerarse una bendición ecológica, es justamente haciéndole experimentar este vínculo social y esta profunda relación de interdependencia. La conexión madre-hijo se vuelve explícita en el fenómeno del microquimersimo. Se han detectado células provenientes de sus hijos en el cerebro de madres: no sólo estamos conectados a través de lazos emocionales sino también exobiológicos.
Twitter del autor:@alepholo
by Alejandro Martínez Gallardo via Mama Natural - Información consciente sobre embarazo, nutrición, salud, medicina alternativa, maternidad, educación, espiritualidad, sexualidad y belleza, con Claudia Lizaldi y un grupo de expertos.
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